martes, 11 de octubre de 2016

La maldición de ser niña



Me ha parecido una niña preciosa, y su madre también, aunque no veamos su rostro, oculto tras un saco azul que la soberbia masculina la ha impuesto, y cuya razón se nos escapa. Aterida de pobreza y desprecio, con su hija aferrada a sus manos, por todo atillo, ambas, la niña y quien también lo es, posaron al fotógrafo de AP así, en un campo de refugiados de Afganistán, mirando a la nada, o quizá a todo, pero en todo caso más allá de nosotros, transparentes como somos, en nuestros vicios, nuestros intereses y hasta nuestros olvidos, para ejemplo, ella misma.


Entre lonas azules de la Naciones Unidas, entre el desanimado deambular de las gentes abandonadas en este, o cualquier otro campo de desamparados de cualquier guerra, el fotógrafo sintió el enigma, entre esas figuras ordenadas y uniformes. Incluso aquí, en el último lugar de la nada, algún alma utópica monta una escuela, un lugar recóndito entre la pereza de vivir de estos lugares, donde un misionero, un cooperante o incluso un iluso, enseña, transmite y hace soñar a un grupo de niños, en ocasiones con un palo que escarba en una tierra reseca a modo de pizarra. Pero ella no estaba en ese lugar. El fotógrafo disparo su fusil de imágenes y luego pregunto. “¿Por que no estas en la escuela?. Porque soy niña”.

Así de simple, así de terrible. Terrible porque el reportero de AP ya había oído esa respuesta, en un lugar lejano, junto al Himalaya. Lejano, pero igual de triste y desolado.

Y es que, da igual la aldea o el cielo que la cobije. La miseria estira su capa sobre el planeta, pero en algunos lugares ni siquiera tiene tela, es un descosido enorme, que lo engulle todo. Porque hasta en la pobreza, hay clases. Y la niña de la foto, las niñas de la foto, mejor dicho, son de la peor, o de la mejor, según se mire, de las de las mujeres que son niñas

Desde nuestra perspectiva europea es difícil comprender una situación cotidiana que condena al atraso y la opresión a millones de seres humanos. Pero la realidad se resume en la respuesta de esa niña madre. En la actualidad, 62 millones de niñas no van a la escuela, entre otros motivos porque las familias de lugares como este, como aquel o como el de más allá deben priorizar sus escasos recursos. Los programas educativos no cubren todos los gastos de la formación de los jóvenes, entre ellos la perdida de brazos que aporten a la economía familiar, aunque sea a través de tareas tan nimias como recabar el agua que, de otra forma, no llegará a los hogares. Y en esa escala preferencia tienen prioridad los varones. Y eso, sin un esfuerzo material educativo intenso es difícil de cambiar. Porque es difícil convencer a una familia que es necesario invertir en la educación de una niña cuyo único futuro es, en esas culturas y sociedades, casarse y tener hijos. Las familias de los lugares extremos, como este campo de refugiados, no dedican ni una brizna de hierba a una niña, como tampoco lo harán en cualquier aldea perdida en la pobreza. Menos aun en educación. Es una inversión inútil, todo recursos empleado en ellas acabará en un cementerio o, aun peor, en la familia de su marido. Incluso en las sociedades en desarrollo, las nuevas clases urbanas y enseñadas ven estéril criar una niña. Es alumbrar, alimentar y hacer crecer a un ser humano que nunca podrá ocupar los cafés, ni los mercados, ni las calles, ni los puestos de decisión. Nunca tendrá fama, ni honra ni relevancia. Su familia nunca podrá encontrar recompensa alguna a sus esfuerzos por ella. Así que la ecografía, el invento europeo que pretendía salvar vidas, servirá aquí para encontrarlas, y descubra que se escriben en femenino, ahogarlas.

No se si solo se quedará en un gesto, pero atendiendo a esta realidad, Naciones Unidas ha declarado estos días el 11 de octubre como Día Internacional de la Niña.

Así, a primera vista, parece un gesto inútil más. Uno de esos días contribuyentes al dispendio y el folclore, y poco más, máxime si pensamos que la celebración se unirá a otros días conmemorativos, como el del niño o el de la mujer. Pero eso solo es a simple vista. La fecha es un paso más en el proyecto iniciado por la Fundación PLAN, en 50 países, bajo el título “Por Ser Niñas”, y que busca acabar con su discriminación, las de niñas como estas, los seres más pobres entre los pobres, por que por carecer, carecen hasta de interés en sus comunidades, hasta el punto de convertirse su nacimiento, para muchos padres en una maldición, en una risotada del destino, en ese infame circulo de la pobreza que atrae a tu casa cada vez más bocas que alimentar.

La campaña ha intentado hacernos tomar conciencia de que si para muchos seres humanos nacer es un castigo, al entregarlos a un mundo condenado, nacer mujer es sentenciar a esas niñas a una condena en vida plena de privaciones y llena de violaciones de derechos básicos que, aun en su pobreza, nunca sufrirán los varones.

Si las miras fijamente, en esa mirada perdida puedes ver la dos millones de niñas que sufren cada año la ablación genital; la de 25.000 niñas que son casadas cada día, siendo menores, con hombres mucho mayores que ellas; la de 12.000 niñas que son violadas cada día, en muchos casos por sus propios familiares; la de 9.000 niñas que son vendidas cada día en algún mercado de esclavos del mundo, especialmente para el servicio doméstico de países de la Península Arábiga o Singapur; la de 30.000 niñas que son cada día asesinadas, simplemente, muchas tras dar su primer suspiro, nada más nacer.

Y quizá por eso miran al infinito, porque han nacido mujeres, y por ello han nacido a la muerte y el sufrimiento.

Míralas bien, aprecia su belleza, que es la de la humanidad verdadera, porque si parpadees, al abrir de nuevo tus ojos, ya no estarán, se las habrá llevado tu indiferencia.




Imagen virazz.com

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