miércoles, 9 de noviembre de 2016

La tragicomedia occidental



Con ese encuadre tan patriótico, entre banderas, y ese clamor fotográfico que se adivina en la parte inferior de la imagen, bien podría ser un cantante de éxito, o un cantante sin éxito que, por ese motivo ha sido llamado para cantar el himno americano. O un pastor evangélico dando el cante, o un narrador exultante en plena super bowl. Podría ser eso y más, pero no.
Es un cómico haciendo política. La verdad, no se me ocurre nada más serio.
La foto fue tomada en Washington hace cuatro años, en el National Mall de la capital, la explanada de los grandes hechos, de los grandes discursos y, a lo que se ve, de las grandes desesperaciones. El convocante, el mozo de la foto, Jon Stewart, un cómico que ha creado escuela desde su programa irónico político en el canal Comedy Central, que atrae a miles de seguidores, especialmente jóvenes, de clase media y progresistas, y que ha dado el paso de sacar a la calle a sus espectadores, no para decir basta ni enfrentarse a nadie, sino para pedir cordura, sentido común, vamos. Increíble.
No es una concentración original, porque unos meses antes otra estrella mediática, el presentador de la conservadora Fox, Glenn Beck, hizo lo mismo con las huestes derechistas, concentrándolas en el mismo sitio, al grito de guerra de “recuperar el honor”. La del cómico tuvo más respuesta, aunque tardía.
Hace cuatro años se celebraban elecciones legislativas en Estados Unidos, y todo parecía indicar que el partido demócrata, el que sostenía al presidente Obama, llevaba las de perder. Un movimiento incontenible contra su política (la de un negro que apoya los derechos sociales, extiende la educación y la sanidad públicas o templa gaitas con el “eje del mal”) que convirtió  el derribo del presidente en una cruzada (no lo digo yo, sino el líder republicano Mitch McConell).
Ahora la amenaza se ha repetido, pero en la figura de alguien más estrambótico y aterrador, Donald Trump, ese hombre capaz de exponer, sin rubor ni timidez, los más bajos instintos “humanos”, como quien recita una receta de cocina.
Puede ser llamativo, desde nuestra perspectiva, el silencio cómplice de esta sociedad ante las atrocidades militares, presupuestarias y financieras de Bush (que bien caro nos han costado hasta a los no norteamericanos) y la beligerancia homicida contra Obama. Pero no es eso lo que más miedo da, no es eso lo que hace gritar, fuera de si a Stewart, reclamando el compromiso de los seres sensatos.
La oposición a Obama entonces y a Clinton entonces comienza a articularse en torno a un movimiento ultra conservador llamado, como sabéis, el Tea Party. En realidad no es un partido, sino un grupo de jamelgos dispuestos a luchar por la defensa de la pureza de los valores americanos.
Entre sus guerreros Bill O´Reilly que pide el exterminio de todos los musulmanes, pues todos son terroristas. O Tom Tancredi, el candidato por Colorado, que propone bombardear La Meca y expulsar de EE. UU. a doce millones de inmigrantes. O John Miller, el candidato de Alaska, que quiere acabar con las ayudas al desempleo, las mismas que cobra su mujer. O la bruja Christine O´Donell, la líder del Tea Party en Delawere, que pide evitar la separación iglesia-estado “como defienden los socialistas”, desconociendo que eso es un mandato de los padres fundadores. O Tim Shalmain, que pide el aislamiento de EE.UU y su salida de la ONU y la OMC. O Betsy Markey, que propone anular las leyes de derechos civiles que igualan a blancos y negros. O ...
Hasta treinta de estos personajes han pasado o pueden pasar por el Congreso de EE.UU. Y claro, ellos no solo gobiernan para su país, sus decisiones van más allá. Tan allá que su escuela empieza a tener discípulos entre algunos partidos conservadores europeos, o simplemente da alas a grupos de esos que nosotros calificamos de neonazis, caso del racista y anti musulmán partido holandés de Geert Wilders o los magiares de Orban.

Algo no funciona, cuando tanto tonto es escuchado, y cuando la razón y la sensatez, como en la foto, deben intentar abrirse camino entre gritos, y usando como argumento, un grito aun más alto.

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