martes, 8 de mayo de 2018

El siglo en el que murió Locke




Esta semana hemos tenido la visita de varios antiguos alumnos. Una de esas actividades en las que se nos pretende colocar en la piel de quien, antes que nosotros, ha vivido la experiencia de los estudios y el trabajo.


La charla era uno de los habituales “inventos” de nuestro profesor de Historia, uno de esos tipos trasnochados en los que la ilusión no cesa, y que suele dejar marca de agua en sus alumnos, y no a través de sesudos conocimientos, sino por su interés en extender doctrina sobre lo que el llama un buen ciudadano.

No busca en sus alumnos la excelencia académica, sino rescatar en cada uno de ellos ese tesoro escondido que todos los alumnos tienen, sepultado entre exámenes, obediencias debidas y rutinas. Inteligencia, creatividad, iniciativa, compromiso, inconformismo, antidogmatismo, ilusión y entrega. Y todo bien envuelto en un saco de doble forro de rebeldía intelectual. Con un tipo así, quien se puede negar a colaborar.

Todo resultó previsible hasta que una afirmación del invitado desató esa increíble capacidad provocadora de la que suele hacer gala. “Perdona, pero no se de donde te has sacado que estamos en una crisis económica, lo que vivimos es una crisis política, estamos ante el final del estado, al menos tal como Locke le concibió y Monet le construyó. No hace falta más que leer a Charles Wyplosz, de Graduate Institute, que entre otras muchas mentes relevantes, defiende una interpretación similar sobre lo que vivimos”.

Y es verdad. Las crisis económicas se sostienen en fallos que ponen en cuestión los modelos productivos y su capacidad para mantener un ciclo continuo de empleo y renta. Pero hoy no estamos en esa tesitura, al menos completamente. El paro, la caída de la producción y el colapso de la demanda son elementos que hemos visto otras veces, y que en el seno de los modelos capitalistas es desgraciadamente una rutina. Pero hoy asistimos a algo más.

No ha pasado tanto desde que escuchamos las palabras de las autoridades europeas avisando sobre la vulnerabilidad de los gobiernos del sur de Europa ante ataques especulativos masivos de fondos de riesgo u otros intereses privados. Una prueba más de que nos enfrentamos a un reto más ingente y sobrecogedor que el que la economía podía presentarnos.

Hoy, unos pocos años después (aparentemente) de la crisis, redefinir la manera en que nos gobernamos y compartimos en común nuestra riqueza, nuestra solidaridad y nuestra capacidad creativa sigue siendo el reto.

Estados enteros, como Dubai, Estonia o Grecia se han convertido en blanco fácil de entidades financieras capaces de, como en las batallas de hackers contra los ciber estados, poner en cuestión su misma existencia, para la que ha sido preciso una ayuda generalizada de otras entidades públicas. Pero esa actuación combinada para rescatar las finanzas públicas de determinados países, para paliar las deficiencias o carencias en materia de servicios de otros, los sudamericanos, por ejemplo, o para evitar el colapso de estados reducidos al nombre (Somalia, Georgia, Yemen o Haití) se ha basado hasta ahora en el liderazgo y la voluntad de organizaciones internacionales y gobiernos cuyo capacidad política y financiera dan hoy muestras de un agotamiento nunca antes conocido y, lo que es peor, sujetos a una crisis moral y de identidad agónica.

Michel Kimmelman reflexionaba hace tiempo en el New York Times sobre la financiación pública de la cultura. Proteger y subvencionar compañías, museos y entidades culturales sin ánimo de lucro ha permitido sacar del mercado y sus vaivenes a toda ese entramado dedicado a proteger nuestra esencia humana. Pero ha llenado nuestras ciudades de propuestas mediocres subvencionadas y ha colocado a todos los artistas, los buenos y los vividores, dependientes de la arbitrariedad y el interés mercadotécnico de los políticos a la hora de repartir el maná del dinero fácil. Algo parecido ha pasado en otros campos, en los que hemos creído que poseíamos un derecho innato a disfrutar de todo, y “gratis”. Hoy, toda esa estructura que nos ha proporcionado a nosotros, y a países lejanos, bajo el paraguas de la ayuda humanitaria, pan y circo gratuito y abundante se viene abajo.

Nuestros sistemas estatales están podridos por gentes que buscaron en el funcionariado o en los cargos de confianza, medrar y progresar gracias a los impuestos de los demás. En parte por ello, y por ese insensato afán de los gobiernos de crear organismos asesores, comisiones y agencias de observación, nos encontramos ante estructuras estatales extremadamente complejas, imposibles de controlar, corrompidas y endeudadas, hasta el punto de que los jueces no dan a basto para depurar a tanto ladrón (España es un gran ejemplo), no son capaces de imponer su autoridad, se enfrentan a consecuencias irreversibles de la actuación de desalmados sobre la vida común por mor del urbanismo desmedido o las prácticas empresariales sin ética o reconocen su incapacidad para mantener los servicios públicos (pensiones o educación) ante un endeudamiento que ha llevado a situaciones tales como que Inglaterra se plantea compartir sus fuerzas armadas y aparato defensivo con otros países (Francia), o privatizarlo en parte, dado que su sostenimiento es imposible, con la perdida de soberanía y control que ello implica.

Y es que lo público, como garante de la igualdad y los derechos comunes, aquello que en su día nos sacó del estado de naturaleza, se encuentra, más allá de una crisis cíclica o coyuntural, se encuentra en entredicho.

Y es que estamos faltos de liderazgo, comido por estructuras hipertróficas y con una situación financiera insostenible, y una base ética tristemente en extinción.

Hemos creado sin valorar el futuro, sin medir las consecuencias de acciones. España es un claro ejemplo de país donde la estructura administrativa del estado se multiplicó inconscientemente por 17, para crear un estado autonómico romántico pero insostenible. Del mismo modo que nadie reparó en crear mecanismos de control que evitaran la anarquía municipal y la corrupción subsiguiente, y que no solo ha dilapidado recursos comunes literalmente robados, sino que ha hecho un daño irreversible al medio ambiente, ha dejado sin casa ni ahorros a miles de personas, ha cercenado la confianza de la gente en sus instituciones y viciado todo el sistema financiero público.

Ahora descubrimos que nuestra universidad también es cómplice (o parte de ella) de este antisistema, demostrándonos que el interés privado, de los políticos y de los grandes lobbys y empresas esta muy por encima de los intereses sociales y comunes. ¿Y ahora qué?



Imagen: Jóvenes de La Paz en el Museo del Holocausto en Berlín. / (I. CRESPO)

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